Entonces lo recordé.
Una operación de evacuación marítima durante una crisis internacional.
Una embarcación averiada.
Una tormenta que había dejado sin comunicaciones a un pequeño grupo de civiles y personal diplomático.
Yo comandaba el equipo naval encargado de la evacuación.
Entre los pasajeros
había un joven herido que utilizaba otro apellido por razones de seguridad.
Alexander.
—Aquella noche —continuó el rey—, mi hijo estuvo a punto de morir.
El salón permaneció en silencio.
—La comandante Carter dirigió personalmente la evacuación cuando las condiciones empeoraron. Permaneció a bordo hasta asegurarse de que todos estuvieran a salvo.
Bajé la mirada.
—Solo cumplí con mi deber, Su Majestad.
El rey negó lentamente.
—Usted hizo mucho más que eso.
Alexander se acercó.
—Nunca olvidé lo que me dijo aquella noche.
Lo miré sorprendida.
Él sonrió.
—Me ordenó que dejara de hablar y conservara las fuerzas.Sentí que una sonrisa involuntaria aparecía en mi rostro.