Margaret recuperó la voz antes que su hijo.
—¿Es de Julian?
La miré.
—Buenos días a ti también.
Julian dio un paso hacia mí kara.
—Mamá, déjanos hablar.
Casi me reí.
Dos años de matrimonio y había tenido que aparecer una ecografía para que aprendiera aquella frase.
Margaret extendió la mano.
—Déjame ver las fechas.
Retrocedí.
—Es mi información médica.
—Si llevas a mi nieto…
—Estoy saliendo de una consulta. No voy a discutir contigo en un pasillo.
Julian miró a su madre.
—Te espero abajo.
Ella abrió la boca.
Él no apartó los ojos.
Y Margaret, sorprendida por aquella pequeña resistencia, terminó marchándose.
Julian esperó hasta que las puertas del ascensor se cerraron.
—¿Podemos sentarnos?
—Cinco minutos.
Encontramos un banco junto a una ventana.
Él apoyó los codos en las rodillas.
Ya no parecía el abogado que había repartido nuestros ahorros como si estuviera explicando una factura.
—¿Es mío?
Sí.
Cerró los ojos un instante.
Después miró mi bolso.
—La fecha…
—No coincide exactamente con lo que calculaba. La doctora quiere confirmar las semanas en otra revisión. Podemos aclararlo entonces.
Asintió.
—Quiero acompañarte.
—Puedes pedírmelo. No decidirlo.
Me miró.
—¿Puedo acompañarte?
Aquella pregunta tan sencilla me hizo un daño extraño.
Era lo que siempre había querido: que me preguntara.
—Todavía no lo sé.
Esa noche llamó.
Yo estaba comiendo galletas saladas directamente del paquete, con la solemnidad de una mujer que había descubierto que la cena podía tener forma de cartón.
—He preparado una propuesta —dijo.
Dejé de masticar.
—Julian, si la siguiente palabra es “cláusula”, voy a colgar.
Hubo un silencio.
Después escuché el roce de unas hojas.
—De acuerdo. Sin propuesta.
—Bien.
—Quiero saber qué necesitas.
Miré el vaso de agua.
La libreta de chistes.
El apartamento donde, por primera vez, nadie opinaba sobre mis zapatos.
—Necesito
que entiendas que un hijo no cancela nuestro divorcio.
Su respiración cambió.
—Lo entiendo.
—Y que tu madre no va a dirigir mi embarazo.
—Hablaré con ella.
—Ya no me sirven las conversaciones que no cambian nada.
No respondió enseguida.
—Entonces tendrás que verlo.
Margaret apareció tres días después.
Traía una bolsa de una tienda infantil y la expresión de quien venía a inspeccionar una propiedad.