Abrí la carpeta sobre la mesa.
La primera hoja parecía un documento administrativo. La segunda contenía datos personales de mis padres. La tercera tenía una descripción detallada de la vivienda, incluida la dirección, la superficie y los datos registrales.
Pero fue la cuarta hoja la que me hizo apretar los puños.
Era un borrador de escritura para transmitir la propiedad de la casa a Sergio.
No se trataba de una autorización para pagar facturas ni de un trámite para organizar los gastos domésticos. El documento contemplaba que mis padres cedieran la propiedad de su vivienda a mi hermano.
Y había algo todavía peor.
En una de las cláusulas aparecía una referencia a la posibilidad de que mis padres abandonaran voluntariamente la casa una vez formalizada la transmisión.
Levanté la mirada.
—¿Qué significa esto, Sergio?
Mi hermano se cruzó de brazos.—Significa que estamos organizando el futuro de mamá y papá. Alguien tiene que hacerlo.
—¿Organizar su futuro consiste en quitarles su casa?
—¡No les estoy quitando nada! La casa seguirá siendo de la familia.
—¿De qué familia? ¿De la familia que los obliga a servir la comida mientras vosotros os sentáis a esperar?
Mónica dejó la carpeta sobre la mesa con un golpe.
—No tienes derecho a venir aquí después de meses sin aparecer y juzgar cómo vivimos.
Aquella frase me dolió porque contenía una parte de verdad.
Había pasado demasiado tiempo lejos. Me había convencido de que las llamadas y el dinero bastaban para asegurarme de que mis padres estaban bien.
Pero no bastaban.
Aun así, no iba a permitir que utilizaran mi ausencia para justificar lo que estaba viendo.
—Tienes razón en una cosa, Mónica. He venido poco. Eso es responsabilidad mía. Pero no me da menos derecho a preocuparme por ellos, y mucho menos os da derecho a decidir qué hacer con su patrimonio sin su consentimiento.Sergio soltó una carcajada.
—Siempre has sido el favorito. Llegaste a esta casa cuando ya estaba todo hecho y, de repente, todos tenían que preocuparse por ti. Ahora vienes con tu empresa, tu dinero y tus abogados a decirnos cómo debemos vivir.
Lo miré fijamente.
—Joaquín y Pilar me adoptaron porque quisieron. Nunca me hicieron sentir que debía pagarles por ello. Si he conseguido algo en la vida, es en parte gracias a ellos. Y no voy a quedarme mirando mientras alguien los engaña.Mi padre dio un paso hacia la mesa.
—Sergio, quiero que me expliques esos papeles.
Por primera vez, mi hermano pareció perder la seguridad.
—Papá, no tienes que preocuparte. Son asuntos legales complicados. Yo me encargo.
—No —respondió Joaquín—. Si mi nombre aparece en un documento, tengo derecho a saber qué estoy firmando.
Aquella frase cambió el ambiente de la habitación.