Alexander la observó.
—No.
Miró su pie enjoyado.
—Tú empezaste a arruinarla cuando decidiste que trescientos testigos te daban permiso para humillar a alguien.
Me fui.
Pero Alexander apareció dos días después en el pequeño restaurante donde trabajaba mi madre los domingos.
Sin guardaespaldas dentro.
Sin amenazas.
Traía una caja.
—Esto pertenecía a Miguel.
Mi madre dejó caer una cuchara.
—¿Dónde consiguió eso?
Alexander colocó la caja sobre la mesa.
Dentro había un reloj roto.
El reloj de mi padre.
—La policía me lo entregó por error junto con mis pertenencias aquella noche. Cuando intenté devolverlo, Miguel ya estaba hospitalizado.
—Murió dos días después —susurré.
Alexander asintió.
—Lo sé.
—¿Por qué tardaste seis años?
Su silencio me enfureció.
—¡Seis años!
—Porque me dijeron que su familia había rechazado cualquier contacto conmigo.
Mi madre levantó la cabeza.
—Nunca nos contactó nadie.