PARTE 2: Mi esposo me dejó fuera del cuarto de nuestro bebé a dos semanas de dar a luz. Su amante ya estaba adentro, sosteniendo la mantita que yo había comprado. —Vanessa va a ayudarme con el bebé —dijo Ethan, bloqueándome la puerta con el brazo—. Porque tú claramente no puedes con ser mamá. No le rogué que me dejara entrar. Puse la mano sobre mi enorme vientre y le pregunté: —¿Quién te dijo que yo era la que se iba? Ethan soltó una carcajada. Pero dejó de reírse cuando mi teléfono vibró y apareció un mensaje que él alcanzó a leer: “Mudanza confirmada para el viernes.”

—Bienvenida.

Ethan giró hacia mí.

—No hagas esto.

—¿Hacer qué? ¿Dejar que escuche cómo hablas cuando ya no puedes controlar la conversación?

Su rostro se endureció.

Vanessa bajó los últimos escalones.

—¿Me grabaron dentro de la casa?

—Las cámaras son de seguridad —dije—. Ethan lo sabe.

Ella lo miró.

—Me dijiste que casi nunca funcionaban.

Silencio.

Otra respuesta.

Vanessa sabía de las cámaras.

Pero Ethan le había hecho creer que no importaban.

La pregunta ya no era sólo qué había grabado el sistema.

Era por qué Ethan necesitaba que todos creyéramos que no había nada que conservar.

Guardé el teléfono en el bolsillo.

—Voy a dormir.

Ethan se interpuso.

—Primero dime quién autorizó esa residencia.

—Yo.

—¿Con qué dinero?

La pregunta salió demasiado rápido.

Vanessa lo miró de lado.

Yo sonreí apenas.

—Ésa es la parte que más te preocupa, ¿verdad?

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