Su abogado pidió un receso.
La jueza lo concedió.
Yo salí al pasillo.
Noah corrió hacia mí.
Me arrodillé.
—Mami, ¿estás enojada?
—Contigo, jamás.
—Papá dijo que si yo te contaba, te llevarían.
Lo abracé con cuidado.
—Escúchame. Los problemas de los adultos nunca son culpa de los niños.
—¿Me voy contigo?
Esa pregunta me rompió.
—Eso lo decidirán los adultos encargados de protegerte. Pero yo voy a estar aquí.
No prometí algo que todavía no podía garantizar.
Noah necesitaba seguridad.
No fantasías.
Durante el receso apareció el segundo giro.
Mi experiencia como contadora forense dejó de ser un dato irrelevante.
Presenté mediante el procedimiento correspondiente los registros que había organizado durante meses.
No acusé a Julian de robar cada dólar que faltaba.
Mostré hechos.
Transferencias desde nuestra cuenta conjunta hacia una consultora.
Facturas emitidas por servicios vagamente descritos.