Mi hermano se quedó inmóvil.
Yo di un paso hacia ella.
—No tienes que insultarlo.
—No estoy insultándolo. Estoy siendo sincera. No podéis seguir viviendo en el pasado. Vuestra madre ya no está y sus cosas no van a convertirse en reliquias familiares.
Mi hermano apretó los puños.
Por un instante pensé que iba a responderle.
Pero se limitó a quitarle el vestido de las manos.
—No vuelvas a tocarlo.
Lo dijo en voz baja.
Tan baja que mi madrastra dejó de sonreír.
Después él entró en mi habitación, colgó el vestido cuidadosamente en el armario y cerró la puerta.
Aquella tarde, cuando llegué del colegio, lo encontré sentado en el suelo de la cocina.
—No deberías haberme hecho el vestido —le dije.
Levantó la cabeza, sorprendido.
—¿Qué?
—No deberías haber tenido que hacerlo. No es justo que tengas que arreglar todo lo que ella nos hace.