Parte 2 Un niño sin hogar se paraba todos…

—¿Me lo prometes?

Mateo asintió.

—Te lo prometo. Cuando pueda estar frente a ti y ya no sea el niño hambriento de la reja… volveré.

Isabella se quitó una pequeña pulsera de plata y la puso en su mano.

—Entonces quédate con esto. Para que no me olvides.

Mateo apretó la pulsera con fuerza.

Los dos niños se abrazaron por última vez en una pequeña calle de Guadalajara.

Para obtener más información,continúa en la página siguiente
Y luego Mateo se fue.

Pasaron veinticinco años

Pasaron veinticinco años.

Guadalajara cambió de avenidas, de edificios y de ritmo. Donde antes había terrenos vacíos aparecieron torres de cristal. Donde había casonas antiguas nacieron restaurantes de diseño. Los apellidos siguieron pesando, pero menos. El dinero seguía mandando, aunque ahora lo hacía con redes sociales y campañas de imagen.

Isabella Montes también cambió.

Ya no era la niña de trenzas perfectas que escondía media torta en la lonchera. Tenía treinta y cuatro años, una licenciatura en administración y el apellido Montes todavía abriendo puertas que a veces ella deseaba cerrar. Después de la muerte de su madre, había intentado tomar un camino distinto al de su padre. Quería convertir parte del grupo hotelero en una fundación real, no en una fachada elegante para deducir impuestos.

Pero con su padre nada era sencillo.

Don Ricardo Montes seguía siendo un hombre duro, obsesionado con el prestigio y con la idea de que la compasión debía verse bien en fotografías, no complicar balances. Cada propuesta de Isabella terminaba igual.

—Los negocios no son albergues.

—No hablo de regalar, hablo de invertir en gente.

—La gente agradecida no existe.

Después de años de discusiones, Isabella se cansó. Se quedó dentro de la empresa, sí, pero en una esquina pequeña. Dirigía programas internos, becas limitadas, apoyo a empleados. Lo suficiente para dormir un poco mejor. No lo suficiente para sentirse libre.

Nunca se casó.

Hubo novios, compromisos casi firmados, cenas impecables con hombres correctos. Pero siempre terminaba sintiendo que conversaba con personas completas mientras una parte de ella seguía detenida en una calle pequeña de Guadalajara, viendo a un niño con una cinta azul en la muñeca prometer algo imposible.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *