Perdí mi trabajo por salvar a una anciana que estaba muriendo al borde de la carretera, pero cuando ella entró en mi oficina, todos se quedaron en silencio

—Por supuesto, cariño —respondí sin dudarlo.

—¡Qué bien! —contestó sonriendo—. Eso es lo que la abuela Rebecca habría querido.

En aquel momento lo comprendí todo.

Una reunión puede aplazarse. Un empleo puede sustituirse. Pero una vida humana es irremplazable.

Y ahora que sé todo lo que ocurrió después de aquella mañana, puedo asegurarlo sin ninguna duda:

Volvería a detener mi coche para ayudarla. Una y mil veces.

¿Tú arriesgarías tu puesto de trabajo para salvarle la vida a una persona desconocida?

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *