Las facturas de la reforma.
Los contratos antiguos.
Los extractos bancarios.
Los documentos relativos a la venta del terreno que Manuel había sacrificado para salvar a Javier.
Y, sobre todo, años de pruebas sobre las transferencias de dinero.
Carmen examinaba cada documento como si estuviera descubriendo, ordenados por fechas, todos aquellos años en los que habían renunciado a su propia vida para ayudar a uno de sus hijos.
Entonces, Nicolás encontró un poder notarial de hacía ocho meses.
Autorizaba a Javier a actuar en nombre de Manuel en determinadas operaciones financieras y le daba acceso a cuentas vinculadas a la casa.
Al pie del documento figuraba una firma.
Nicolás se la mostró a su padre.
—Papá, ¿es tu firma?
Manuel la observó durante varios segundos.
—Se le parece.
—No te pregunto si se parece a la tuya. Te pregunto si la firmaste tú.
El anciano levantó la vista.
—No. No la firmé yo.
Carmen se llevó la mano a la boca.
Manuel había firmado documentos durante más de cincuenta años.
Sabía exactamente cómo sostenía el bolígrafo, cómo terminaba la última letra y cómo había aparecido un ligero temblor tras una antigua lesión en la muñeca.
Una imitación podía reproducir la forma general de su firma.
Pero no sus hábitos precisos. Nicolás fotografió todos los documentos y llamó a su abogado, Adrián Ferrer.
Adrián fue categórico:
«No te enfrentes a Nuria hoy. Si se da cuenta de lo que sabes, podría destruir documentos, mover dinero o inventar nuevas explicaciones».
Eso fue lo más difícil para Nicolás.
Tenía que volver junto a la mujer que había manipulado a sus padres y fingir que no sabía nada.
Durante dos días, se mostró tranquilo.
Fue a visitarlos.
Hizo preguntas triviales.
Incluso halagó a Nuria.
«Menos mal que estás aquí. Sabes gestionar todo esto mucho mejor que yo desde Madrid».
Ella cayó en la trampa.
Empezó a hablar con orgullo de las cuentas, los medicamentos, las facturas y sus supuestas «decisiones responsables».
Repetía que Manuel confundía las fechas y que Carmen se ponía nerviosa con los bancos.
«A su edad, la tranquilidad es más importante que la independencia», declaró.
Manuel bajó la cabeza.
Carmen apretó los dedos alrededor de su taza.