La semana siguiente fui a la mansión de Brenda y Víctor.
Cuando Brenda vio los documentos que llevaba, sonrió.
—Así que por fin te has enterado, ¿eh?
Le entregué la modificación del fideicomiso.
Su sonrisa desapareció al instante.
—¡Ese dinero es nuestro! —gritó.
—No —respondí con firmeza—. Pertenece a Lily y Grace.
Víctor me arrebató el documento.
—¡Me dijiste que conseguiríamos ese dinero! —le gritó a Brenda—. ¡Ya he pedido préstamos contando con él!
De repente, todo cobró sentido. Su vida llena de lujos dependía de una fortuna que pretendían arrebatarles a mis hijas.
Brenda comenzó a suplicarme.
—¡Soy su madre!
—También eras su madre cuando lloraban solas en aquellas cunas —le respondí.
Seis semanas después, el tribunal rechazó su intento de hacerse con el control del fideicomiso.
Pero la mayor bendición de mi vida no tuvo nada que ver con el dinero.