Cuando Clara Hale salió de la cárcel después de casi cuatro años, no tenía nada: ni casa, ni empresa, ni familia. Lo único que le quedaba era su nombre manchado por un delito que nunca cometió. Lo que no imaginaba es que la solución estaba en el aviso de un almacén de Worthington.
Una libertad con amenazas
Hacía diecinueve días que era libre cuando su hermana Mónica la esperó en el jardín de la casa que antes era suya. Le tiró un sobre con dinero a los pies y le advirtió que, si volvía a mencionar su nombre, regresaría a prisión. Llevaba puesto el reloj que el padre de ambas le había dejado a Clara.
—Ya te llevaste cuatro años de mi vida —le respondió Clara—. No vas a comprar los que me quedan.
Clara había dirigido Buckeye Medical Supply, una empresa de insumos médicos, y vivía en Dublin, Ohio, con su esposo Gabriel Mallory. Mientras ella cuidaba a su suegra enferma en el hospital, aparecieron transferencias que supuestamente había autorizado. En el juicio, Gabriel declaró en su contra y Mónica presentó documentos falsificados. Su abogada no pudo demostrar la verdad.
Un trabajo y una pregunta