Lo miré horrorizado.
—¿Y usted aceptó algo así?
Robert bajó la cabeza.
—Al principio dije que no. Pero Emily lloraba todas las noches y preguntaba por su madre. La familia insistía en que mi hija tenía que dejar atrás el pasado, porque de lo contrario nunca encontraría tranquilidad. Pensé que, si le decía que su madre estaba gravemente enferma, viviría aterrorizada ante la posibilidad de perderla otra vez.
Su voz se quebró por un momento.
—Pero en realidad era yo quien tenía miedo. Temía que Sarah nunca volviera a ser la misma y que también terminara perdiendo a nuestra hija.
—Eso no le daba derecho a mentirle.
—Lo sé —susurró—. Ahora lo sé.
Entonces comprendí qué papel había desempeñado mi madre en aquella historia.
Margaret trabajaba en la clínica a la que habían trasladado a Sarah.
Había sido una de las enfermeras que la cuidaron durante meses.