Una noche me dijo algo que no olvidé.
—No necesito que me prometas que nunca vas a equivocarte otra vez. Necesito saber que cuando te diga que algo está mal, no vas a esperar a verlo con tus propios ojos para creerme.
Esa era la herida entre nosotros.
No solo lo que Teresa había hecho.
También el tiempo que yo había tardado en reconocerlo.
Meses después, la gaveta de la cocina seguía ahí.
El pequeño seguro ya no.
Lo quitamos cuando reorganizamos el mueble.
Durante un tiempo quedó vacía.
Ninguno de los dos parecía querer usarla.
Hasta una tarde en que Sofía estaba ayudando a poner la mesa.
—¿Puedo llevar las servilletas? —preguntó.
Valeria le dijo que sí.
Sofía abrió aquella misma gaveta y sacó tres.
Una para su mamá.
Una para mí.
Una para ella.
Luego cerró el cajón con la cadera y corrió hacia la mesa.