Detrás de unas cajas de herramientas había una tabla del piso distinta a las demás.
La levantó.
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Debajo estaba la pequeña caja fuerte que había pertenecido a su abuelo.
Lucía introdujo el código y encontró una carpeta azul.
Dentro estaba la escritura original de la propiedad.
El documento tenía algo que cambiaba completamente la situación.
La casa estaba registrada a su nombre.
No era de Andrés.
No era de Carmen.
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Y tampoco era de Marta.
Años antes, Julián había dejado todo preparado mediante una donación notarial para que Lucía recibiera la propiedad.
La familia había actuado como si ella fuera una invitada en una casa que legalmente le pertenecía.
Pero la sorpresa más grande todavía estaba por aparecer.
Antes de subir nuevamente, Lucía decidió revisar sus cuentas.
Después de nueve meses fuera, necesitaba confirmar que todo estuviera en orden.
No lo estaba.
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Al revisar sus movimientos encontró transferencias realizadas durante el tiempo que estuvo destinada.
Había dinero que había desaparecido.
Buscó operación por operación.
Las transferencias pasaban primero por una cuenta de Carmen.
Después apareció un documento digitalizado.
Un poder de representación.
Carmen figuraba como persona autorizada.
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Pero había un detalle que cambió la forma en que Lucía veía todo.
La firma no era suya.
Lucía revisó los documentos dos veces.
La cantidad faltante era de 45,000 euros.
Y cuando siguió el recorrido del dinero, encontró otro nombre relacionado con las operaciones.
Víctor.
El esposo de Marta.
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En ese instante entendió que las bolsas negras en la cochera no eran solamente una falta de respeto.
Mientras ella estaba lejos cumpliendo una misión, alguien había tomado decisiones sobre su casa y sobre su dinero.
Lucía guardó la escritura, el documento digitalizado y la información de las cuentas dentro de la carpeta azul.
Luego subió las escaleras.
Cuando llegó a la planta principal encontró a Carmen acomodando objetos sobre la mesa como si aquella tarde fuera una más.
Lucía dejó la carpeta frente a ella.
—Necesito que me expliques algo.
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Carmen levantó la vista.
Por un momento pareció pensar que la conversación seguiría siendo sobre la habitación.
Pero Lucía abrió la escritura.
El nombre de la propietaria quedó sobre la mesa.