Emily estaba de pie junto a una silla, con las lágrimas resbalándole por las mejillas.
En cuanto me vio, intentó correr hacia mí.
—¡Mamá!
Pero Robert se interpuso en su camino.
—¡Emily, espera!
Yo grité:
—¡ALÉJATE DE MI HIJA!
Y fue entonces cuando vi algo en el suelo.
El cinturón de cuero de Robert estaba tirado cerca de sus pies.
A su lado había una bolsa negra abierta y varios pañuelos de papel esparcidos sobre la silla.
Sentí que las piernas me fallaban.
—Robert, ¿qué le has hecho a mi hija?
Él me miró, después miró a Emily y, en aquel preciso instante…
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