El señor Bennett me esperaba en el banco.
Había concertado una cita para verificar la documentación y acompañarme durante la apertura de la caja.
El edificio había cambiado mucho desde la última vez que lo visité. El antiguo mostrador de madera había sido sustituido por paredes de cristal, y el vestíbulo estaba lleno de personas que caminaban deprisa, hablando por sus teléfonos.
Yo avancé lentamente, apoyándome en mi bastón.
A veces, envejecer significa que el mundo parece ir demasiado rápido para ti.
Pero aquel día no tenía ninguna intención de dejar que la prisa de los demás decidiera lo que yo debía hacer.
Un empleado comprobó nuestros documentos y nos condujo a una sala privada.
La caja 214 estaba al fondo de una cámara acorazada.
Cuando el empleado introdujo la llave del banco, yo coloqué la pequeña llave dorada de Walter en la cerradura correspondiente.V
Giró con un clic.
El sonido fue insignificante.
Sin embargo, tuve la extraña sensación de estar escuchando el final de una historia que había comenzado mucho antes de que yo supiera que existía.
El empleado se marchó y nos dejó a solas.
El señor Bennett abrió la caja sobre una mesa.
Dentro había una carpeta azul, varias fotografías antiguas, un sobre sellado y un pequeño cuaderno de tapas negras.
Tomé primero las fotografías.
En una de ellas aparecían Walter y su padre frente a una casa de ladrillo rojo. En otra se veía a Beatrice, mucho más joven, sosteniendo unos documentos frente a una mesa.
La última fotografía me hizo fruncir el ceño.
Era una imagen de mi esposo con un hombre al que reconocí de inmediato.
Se llamaba Arthur Whitmore, un primo de Walter que había desaparecido de nuestras vidas décadas atrás después de una amarga disputa familiar.