“Tu hermano viene a vivir aquí con sus dos hijos, así que tú te vas. Ya estuvo bueno de mantener a una parásita.”

Mi madre contestó con el rostro desencajado al enterarse de que el pago no había caído. Me reclamó, pero otra llamada del despacho legal hizo que mi padre se pusiera de pie, pálido:

—Mariana… dime que esto no tiene que ver con aquella firma de hace dos años.

En ese momento llegó Esteban con sus hijos y sus maletas, presumiendo que la casa ya era suya. Su actitud cambió drásticamente cuando supo que la propiedad no estaba libre de deudas. Les mostré los comprobantes: durante años había aportado entre doce mil y quince mil pesos mensuales para mantener a flote un crédito que pusieron en garantía sobre la casa. Como me habían corrido tachándome de «parásita», simplemente dejé de pagar.

La discusión escaló hasta que mi padre se quebró y confesó la verdad: tras quebrar su taller, había reestructurado una deuda de más de un millón de pesos a espaldas de mi madre. Al revisar los papeles con Esteban, descubrimos abonos de cincuenta mil y setenta mil pesos provenientes de una empresa de Mauricio Salgado, su antiguo socio. Un mensajero llegó con la notificación oficial de incumplimiento, confirmando que la propiedad estaba al borde de una disputa legal.

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