A la mañana siguiente nos reunimos con la médica de Andriy, la hematóloga Iryna Sokolova, que hablaba con prudencia y nunca presentaba el futuro como algo completamente garantizado.
Explicó el plan del siguiente tratamiento, los posibles efectos secundarios, los criterios para valorar su eficacia y por qué las decisiones definitivas siempre dependían de la respuesta del organismo.
Yo anotaba preguntas, pero Iryna me recordó varias veces que no tenía que convertirme en una enfermera disponible las veinticuatro horas solo por ser la esposa del paciente.
El propio Andriy lo aceptó por primera vez sin discutir, porque el último año ya había demostrado lo destructivo que podía llegar a ser el deseo de controlarlo todo por su cuenta.
El hospital tramitó una baja médica prolongada para que dejara de operar, y la dirección transfirió a sus pacientes complejos a otros cirujanos siguiendo el procedimiento interno habitual.