Un año después de aquel diagnóstico del que me había enterado por casualidad, Andriy propuso que celebráramos nuestro aniversario en la cocina de casa, en lugar de ir a un restaurante.
Preparó una cena sencilla, se pasó con la sal de las patatas y puso junto a mi plato aquel mismo sobre blanco, solo que esta vez estaba abierto y vacío.
Le pregunté por qué lo había guardado, y Andriy respondió que quería recordar la diferencia entre una carta que oculta la verdad y una carta que conserva el pasado.
Después sacó la pequeña nota de mi antigua bolsa del almuerzo, que, según descubrí, había llevado en la cartera durante todo el tratamiento desde aquel martes.
En el papel todavía podía leerse: «No tienes que cuidar de todo el mundo, deja que ahora cuide yo de ti», aunque los dobleces casi habían borrado la tinta.