No sabía que acababa de hacer exactamente lo que había aprendido años atrás:
observar, memorizar y esperar el momento adecuado.
Cuando salí de la casa, no le envié ningún mensaje.
No lo amenacé.
No le conté a nadie lo que estaba preparando.
Solo le dije a mi madre:
—Mañana por la mañana ven a mi casa. Sola.
—¿Por qué?
—Y trae todos los documentos que Viktor te haya hecho firmar.
A la mañana siguiente, mi madre llegó con una vieja carpeta marrón.
Le temblaban las manos.
La dejó frente a mí.
—Ya no entiendo nada, Elena.
Abrí la carpeta.
Después de unos minutos leyendo, comprendí que la situación era mucho más grave de lo que había imaginado.
No solo había tomado el control de sus cuentas.
Había comenzado a transferir su dinero.
Había obtenido varios poderes notariales.