Mariana miró a Sofía.
La niña ya se frotaba los ojos.
Finalmente aceptó.
Alejandro guardó las compras en el maletero de su sedán negro y colocó las cosas con cuidado.
Durante el trayecto, Mariana se sentó atrás entre sus hijas.
Valentina lloraba con más fuerza.
—Ya casi llegamos, mi vida —repetía su madre—. Un poquito más.
Alejandro bajó el volumen de la radio.
—¿Cuántos meses tiene?
—Cuatro. Casi cinco.
—¿Y Sofía?
—Cumplió tres hace poco.
Sofía levantó tres dedos desde el asiento trasero.
—Soy grande.
Alejandro sonrió.
—Eso veo.
Durante unos minutos nadie habló.
Después él preguntó:
—¿Está criando a las dos sola?
Se arrepintió inmediatamente.
—Perdón. No debería haber preguntado.
—No pasa nada.
Mariana miró por la ventana.
—Sí. Su papá se fue antes de que naciera Valentina.
Pero estaba impecablemente limpio.
Había dibujos infantiles pegados con cinta en la pared. Un conejo de peluche desgastado ocupaba una esquina del sofá. En una mesa pequeña había lápices de colores perfectamente alineados dentro de un vaso.