Terminó la carta con una sola frase:
«He decidido convertirme en piloto».
Laura sonrió.
Aquella tarde, observó cómo un avión de entrenamiento ascendía hacia el cielo azul.
Por primera vez desde la muerte de Gabriel, cuando miró hacia arriba no vio el pasado.
Vio el futuro.
Y, en voz baja, susurró:
—Estoy en casa.