No hubo discursos ni escenas.
Sólo nombres, identificaciones, hisopos y una incomodidad tan concreta que parecía ocupar una silla más.
Cuando terminamos, Javier se acercó a mí antes de irse.
—¿Estás bien?
—No.
Asintió.
—Yo tampoco.
Fue suficiente.
Ricardo escuchó desde unos pasos atrás.
No dijo nada.
Los días siguientes fueron peores de una manera distinta.
La rabia inicial se convirtió en espera.
Yo alimentaba a Mateo, ayudaba a las niñas con sus cosas y trataba de dormir por ratos mientras mi matrimonio parecía depender de unas páginas que todavía no existían.
Ricardo mandaba mensajes todos los días.
Preguntaba por Mateo.
Preguntaba por las niñas.
A veces escribía que quería hablar conmigo.
Yo respondía sólo lo necesario.
No porque hubiera dejado de quererlo de un día para otro, sino porque seguía escuchando la misma frase cada vez que cerraba los ojos.