Las niñas estaban con Patricia mientras nosotros resolvíamos el alta.
Cuando llegamos, Sofía fue la primera en correr hacia mí.
Valentina y Camila aparecieron detrás.
Renata llevaba todavía una manchita verde junto a la oreja.
La cartulina que habían preparado estaba apoyada contra la pared.
Decía “Bienvenido, Mateo” con letras chuecas, corazones y cuatro firmas enormes.
Ninguna de ellas preguntó por qué su papá no venía con nosotros.
Eso llegó después.
Primero quisieron conocer a su hermano.
Sofía pidió cargarlo sentada.
Valentina contó sus dedos.
Camila dijo que tenía la nariz rara.
Renata quiso saber por qué era tan pequeño si ya tenía nombre.
Yo me reí por primera vez desde el parto.
Luego Sofía preguntó:
—¿Papá está trabajando?
No quise mentir.
Tampoco quise poner sobre cuatro niñas una pelea que correspondía a los adultos.
—Papá y yo estamos resolviendo algo importante.
—¿Está enojado?
—Sí.
—¿Con Mateo?
La pregunta me golpeó más que la acusación de Ricardo.
—Mateo no hizo nada malo.
Sofía asintió y volvió a mirar a su hermano.
Ese mismo día Javier recibió una llamada de Patricia.
No supe exactamente qué le dijo hasta después, pero esa noche él me mandó un mensaje breve.
“Mariana, no sé qué está pasando, pero jamás te faltaría al respeto así. Si necesitan una prueba para terminar con esto, la hago.”
No añadió nada más.
No preguntó si de verdad podía ser hermano de Ricardo.
No hizo bromas.
No intentó ocupar un lugar en una historia que también acababa de caerle encima.
Dos días después, Ricardo aceptó que se tomaran las muestras necesarias.
Yo llevé a Mateo.
Javier llegó por separado.
Patricia fue con su hermano.
La mamá de Ricardo no apareció.
En el lugar donde hicieron el procedimiento casi nadie habló.
No hubo discursos ni escenas.
Sólo nombres, identificaciones, hisopos y una incomodidad tan concreta que parecía ocupar una silla más.
Cuando terminamos, Javier se acercó a mí antes de irse.
—¿Estás bien?
—No.
Asintió.
—Yo tampoco.
Fue suficiente.
Ricardo escuchó desde unos pasos atrás.
No dijo nada.
Los días siguientes fueron peores de una manera distinta.
La rabia inicial se convirtió en espera.
Yo alimentaba a Mateo, ayudaba a las niñas con sus cosas y trataba de dormir por ratos mientras mi matrimonio parecía depender de unas páginas que todavía no existían.