Por eso la llamó.
—Me caso pronto —dijo, fingiendo serenidad—. Me gustaría que vinieras.
Al otro lado hubo un silencio que le produjo una satisfacción amarga.
—¿A tu boda?
—Sí. Fuiste importante en mi vida.
Carmen aceptó con una cautela que Alejandro interpretó como incomodidad. Después de colgar, deslizó la invitación dorada sobre el escritorio y sonrió. Quería que ella viera la hacienda, la prensa, la mujer elegante con la que se casaría y todo aquello que, según él, Carmen había rechazado.
La sonrisa desapareció cuando Sofía Varela entró sin tocar.
Sofía tenía 57 años y había sido su mentora, socia y protectora desde que él era un estudiante sin dinero. Al enterarse de que Carmen asistiría, su rostro perdió color durante apenas un segundo.
—¿La invitaste de verdad?
Alejandro frunció el ceño.
—¿Por qué te sorprende?