Elena contrató a una persona para la limpieza 2 veces por semana y a un jardinero para los trabajos pesados.
Cuando se lo contó a Pilar, ella protestó.
—No hace falta gastar tanto.
Elena sonrió.
—No lo hago para que no puedas limpiar nunca. Lo hago para que limpiar sea una elección, no el precio de vivir en tu casa.
Pilar no contestó.
Solo tocó el respaldo del sillón azul y sonrió por primera vez sin culpa.
El dinero mensual dejó de llegar a una cuenta que cualquiera pudiera controlar. Inés organizó un sistema sencillo: Pilar mantenía acceso completo a sus gastos cotidianos, pero las transferencias extraordinarias quedaban registradas y revisadas con ella. Elena insistió en que no se trataba de vigilarla.
Se trataba de que nadie pudiera volver a aislarla y hacerle creer que dependía de su permiso.
Elena también cambió algo en sí misma.