Volví un mes antes a Valencia sin avisar. Mi madre fregaba de rodillas el patio que yo le compré, mientras mi cuñado brindaba dentro. Me miró y dijo: Si vienes por la limpieza, está detrás. No discutí, llamé a mi abogada. Esa noche, su carpeta sobre la mesa reveló algo mucho peor.

Inés hizo 2 preguntas.

—¿Firmaste algún contrato de alquiler con Eva o Álvaro?

—No.

—¿Te pagaron alguna vez una renta?

—Nunca.

La respuesta fue clara: nada de cambiar cerraduras ni de expulsiones improvisadas. Había que documentarlo todo y actuar por la vía correcta.

Elena abrió el portátil. Escritura, impuestos, seguro, recibos, transferencias. La vivienda estaba íntegramente a su nombre.

A las 20:45 regresó. Había coches frente al chalet y música dentro. Eva y Álvaro celebraban una cena con amigos como si nada hubiera ocurrido.

A las 20:59 llegaron Inés, un notario y un especialista financiero. No venían a montar un espectáculo, sino a dejar constancia formal y entregar un requerimiento.

Álvaro salió con la misma copa.

—¿Qué es esto?

Inés le dio la documentación.

Entonces el especialista acercó otra carpeta a Elena. Había revisado los movimientos que ella acababa de facilitarle.

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