—Algún día lo entenderás.
Aquellas palabras se quedaron en
mi cabeza.
¿Qué se suponía exactamente que debía entender?
Aun así, no le tenía miedo a Wayne.
No hasta aquella noche.
La abuela había ido a visitar a su hermana durante dos días, a unas tres horas de distancia.
Yo me quedé en casa porque tenía clase a la mañana siguiente.
Wayne había ido a una cena de cumpleaños de un amigo.
Eran más de las once cuando escuché abrirse la puerta principal.
Unos minutos después, oí sus pasos subiendo las escaleras.
Lentos.
Irregulares.
Entonces alguien llamó a la puerta de mi habitación.
—Emily.
Abrí.
Wayne estaba de pie en el pasillo.
Bastó con mirarle la cara para saber que había estado bebiendo.
—¿Estás bien?
Entró en la habitación.
Instintivamente retrocedí.

Wayne se dio la vuelta y cerró la puerta.