Después, una mañana, desapareció sin dejar rastro.
Su teléfono estaba desconectado.
La villa no se había comprado: estaba alquilada.
Los coches de lujo eran de leasing.
Y la cuenta de inversión estaba vacía.
Javier acudió a la policía.
Los investigadores comenzaron a examinar las transferencias, pero recuperar el dinero sería difícil.
Se quedó con deudas, facturas sin pagar y ningún lugar donde vivir.
Tres días después, alguien llamó a mi puerta.
Cuando la abrí, apenas lo reconocí.
Javier estaba en el pasillo, vestido con una vieja chaqueta gris.
Tenía el rostro pálido.
El cabello se le había vuelto más escaso.
En las manos llevaba una pequeña bolsa de plástico con sus pertenencias.
«Carmen», susurró.
No dije nada.
Miró por encima de mi hombro hacia el interior de mi apartamento.
«¿Puedo entrar?».
Me aparté para dejarlo pasar.