Parte 1: EL DÍA QUE INTENTARON MARCAR A MI HIJA
—Tu hija es una ratera, Valeria. Y si tú no sabes educarla, alguien tenía que hacerlo.
Eso fue lo primero que escuché al entrar al departamento de mis suegros en la colonia Narvarte, después de volver de un viaje de trabajo a Querétaro. No escuché risas. No escuché los pasitos de mi hija corriendo hacia mí. No escuché su vocecita pidiéndome los mazapanes que le había prometido.
Escuché esa frase.
Y luego la vi.
Sofía, mi hija de tres años, estaba parada en el balcón, descalza, temblando bajo el aire frío de enero, con su pijama delgada pegada al cuerpo y la cabecita completamente rapada.
Por un segundo no entendí nada. Mi mente se negó a aceptar que esa niña era la misma que una semana antes me había mandado audios diciendo: “Mami, tráeme dulces de osito”.