—Aceptaste aquel acuerdo.
—Sí.
—Decidiste por mí.
—Sí.
Laura agradeció que no buscara excusas.
—Tu padre estaba enfermo —dijo ella—. Puedo entender por qué tuviste miedo. Pero comprenderlo no significa que no doliera.
Marcos asintió.
—Lo sé.
Aquella tarde hablaron durante casi 3 horas.
No de Javier.
No del accidente.
Hablaron de las personas en las que se habían convertido.
Durante los meses siguientes empezaron a verse sin poner nombre a la relación.
Laura también comenzó terapia.
Descubrió cuánto de su vida había organizado alrededor de demostrar que merecía amor.
Ser la mejor médica.
La esposa perfecta.
La nuera que nunca protestaba.
La mujer que soportaba cada tratamiento con una sonrisa.
Todo para evitar escuchar una frase que durante años había temido:
«No eres suficiente».
En realidad, quienes la rodeaban habían utilizado ese miedo para mantenerla pequeña.
1 año después, el divorcio quedó resuelto.