Aquella misma semana, Marcos la invitó a cenar.
No llevó un anillo.
No hizo un discurso.
Solo puso sobre la mesa un pequeño llavero antiguo.
Laura lo reconoció.
Era el que ambos habían comprado cuando eran estudiantes.
—Lo conservaste.
—No porque esperara que volvieras —respondió Marcos—. Lo conservé porque necesitaba recordar la única vez que permití que otros eligieran mi vida por mí.
Laura sacó otro llavero de su bolso.
Marcos sonrió al reconocerlo.
—Parece que los 2 éramos bastante malos tirando cosas.
Laura también sonrió.
Se casaron 1 año después en una ceremonia pequeña en la sierra de Madrid.
No prometieron recuperar el tiempo perdido.
El tiempo no podía recuperarse.
Prometieron no decidir nunca por el otro.
Laura nunca tuvo los hijos biológicos que imaginó durante tantos años.
Pero dejó de considerar aquello una ausencia que necesitara justificar.
Participaba en un programa hospitalario de apoyo a adolescentes con enfermedades neurológicas y, con el tiempo, se convirtió en una figura esencial para varias familias.