Las personas que conocían su historia sentían tanto alivio como tristeza.
Estaban agradecidas de que hubiera sobrevivido.
Y les resultaba doloroso saber que no conservaba ningún recuerdo del hijo que había perdido.
Quizá, por el momento, la ausencia de aquellos recuerdos la protegía de un dolor que difícilmente habría podido soportar mientras se recuperaba de una enfermedad tan grave.
Pero nadie podía afirmar si olvidar era realmente una bendición.
Una tarde, Michael encontró una fotografía antigua entre las pertenencias de Adam.
En ella aparecía una Sarah mucho más joven, sentada en un banco de un parque, con un niño pequeño sobre su regazo.
Adam no podía tener más de cuatro años.
Ambos sonreían.
En la parte posterior, alguien había escrito:
«Adam y mamá. Verano de 2013».
Michael permaneció mucho tiempo contemplando la fotografía.