Después la guardó cuidadosamente en un sobre.
No la tiró.
Esperaba que algún día, con el apoyo médico adecuado, Sarah pudiera estar preparada para conocer la historia del hijo que había olvidado.
Hasta entonces, conservaría la fotografía en un lugar seguro.
Porque, aunque Sarah ya no recordaba a Adam, todavía había personas que sí lo recordaban.
Y siempre las habría.
La madre de Adam sobrevivió. Recibió una segunda oportunidad de vivir, y los recuerdos de la muerte de su hijo no formaban parte de la vida que ahora estaba reconstruyendo.
Pero para Michael y todos los que habían conocido a Adam, aquella historia seguía siendo un doloroso recordatorio de que un joven asustado nunca debería tener que enfrentarse solo a la desesperación.
Y de que, a veces, las personas que parecen más calladas están soportando cargas que nadie más puede ver.