Rubén apretó los labios.
—Mamá, no te pongas nerviosa.
La frase cayó peor que un grito.
Carmen se sentó frente a él.
—No vuelvas a decirme cómo tengo que sentirme.
Mateo permanecía en el umbral del salón, agarrando la manga de su sudadera. Elena lo vio y entendió que llevaba semanas contemplando escenas parecidas sin poseer las palabras para explicarlas.
Rubén dejó la carpeta sobre la encimera.
—Mi empresa está mal. Muy mal.
La historia salió a trozos. Dos comunidades de vecinos habían cancelado reformas grandes. Un promotor le debía varias facturas. Él, convencido de que el siguiente trabajo arreglaría el anterior, había seguido alquilando maquinaria, adelantando materiales y pagando nóminas con una línea de crédito cada vez más cara. Debía casi 24.000 euros entre proveedores, cuotas y préstamos.
—Solo necesitaba tiempo —dijo—. Si podía mover algo de dinero, lo devolvía en cuanto cobrara.