PARTE 1
La primera vez que Elena encontró a su hijo de 8 años durmiendo en el suelo, justo delante de la puerta del dormitorio de su abuela, sintió pena. La quinta noche, empezó a sentir miedo.
Carmen había vuelto a casa después de una operación cardíaca complicada. Los médicos del Hospital Clínico de Valladolid habían dicho que la intervención había salido bien, pero la recuperación sería lenta. Durante unas semanas viviría con Elena, su hija mayor, en un adosado de Arroyo de la Encomienda. Allí tendría todo lo necesario y Elena podría vigilarla mientras trabajaba algunos días desde casa.
Mateo adoraba a su abuela. Carmen había sido quien lo llevaba al colegio cuando Elena entraba temprano en la asesoría, quien preparaba tortilla para sus excursiones y quien sabía que, cuando estaba nervioso, el niño no quería hablar: quería que alguien se sentara a su lado sin hacer preguntas.
Por eso nadie se sorprendió cuando Mateo se convirtió en su pequeño ayudante.
—Abuela, no has bebido agua.
—Acabo de beber.
—Eso fue hace mucho.
Carmen miraba a Elena y sonreía.
—Este niño manda más que tú.
Pero aquella ternura empezó a cambiar de forma.
Una madrugada, Elena abrió la puerta de su habitación y casi pisó una almohada. Mateo estaba acurrucado sobre la moqueta del pasillo con una manta de dinosaurios hasta la barbilla.
—¿Qué haces aquí?
—Quería estar cerca de la abuela.
Elena pensó que era lógico. El niño había visto a Carmen pasar de caminar cada mañana por Valladolid a necesitar ayuda para subir unos escalones. Le prometió que su abuela estaba segura y lo llevó de vuelta a su cama.
A las 03:00, Mateo ya estaba otra vez junto a la puerta.
Al mismo tiempo, Rubén, el hermano menor de Elena, comenzó a visitar la casa casi a diario. Tenía 37 años y una pequeña empresa de reformas que llevaba meses con problemas. Sin embargo, delante de la familia seguía siendo el de siempre: bromista, resolutivo, incapaz de admitir que algo se le escapaba de las manos.
Arregló una persiana, llevó bolsas del supermercado y cambió una barandilla floja. Incluso insistió en tener una copia de la llave “por si mamá necesitaba algo”.
Elena se lo agradeció.