A las 3:12 de la madrugada estaba vendada de pies a cabeza en la UCI cuando la amante de mi esposo entró y sonrió: “¿Todavía sigues viva?”. Tenía tres costillas fracturadas y apenas podía respirar, pero no grité. Solo la miré en silencio. Horas después, mi esposo llegó con 5 millones y una condición relacionada con nuestro hijo que convirtió aquella golpiza en algo todavía peor.

—Quiero pedirte una prueba de ADN.

Acepté.

Cinco días después, Sofía irrumpió en el consultorio con el resultado entre las manos.

Probabilidad de parentesco: 99.99%.

Héctor Alcázar era mi padre.

Mi madre, Elena, había pasado veinticinco años buscando a la niña que perdió.

Cuando la conocí, apenas pudo tocarme el rostro.

—Perdóname —susurró llorando—. Pensaba todos los días si habías comido, si alguien te cuidaba, si tenías miedo…

Por primera vez en mi vida dije una palabra que siempre me había parecido ajena:

—Mamá.

Aquella noche lloramos juntas.

Días después, Héctor me preguntó:

—¿Quieres recuperar a tu hijo?

No preguntó si era posible.

Preguntó si yo quería.

—Sí.

—Entonces vamos a traerlo de vuelta.

Su equipo legal encontró irregularidades en el convenio que firmé mientras estaba hospitalizada, registros del maltrato y pruebas de que Alejandro había dejado a Mateo constantemente al cuidado de terceros.

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