A las 3:12 de la madrugada estaba vendada de pies a cabeza en la UCI cuando la amante de mi esposo entró y sonrió: “¿Todavía sigues viva?”. Tenía tres costillas fracturadas y apenas podía respirar, pero no grité. Solo la miré en silencio. Horas después, mi esposo llegó con 5 millones y una condición relacionada con nuestro hijo que convirtió aquella golpiza en algo todavía peor.

Grupo Alcázar era uno de los conglomerados inmobiliarios y financieros más grandes del país.

Acepté por curiosidad.

Al día siguiente un automóvil me llevó hasta una residencia en Bosques de las Lomas.

Héctor Alcázar tenía casi sesenta años, cabello entrecano y una mirada que cambió en cuanto me vio.

—Valeria… hace veinticinco años perdí a mi hija en una terminal de autobuses de Puebla.

Sentí un escalofrío.

—Tenía dos años. Llevaba un suéter rojo. Y tenía una pequeña mancha azulada en la muñeca izquierda.

Miré mi brazo.

La mancha seguía allí.

Héctor tragó saliva.

—Nunca dejamos de buscarla. Hace poco encontramos un registro antiguo de una niña ingresada en una casa hogar dos días después de su desaparición. El grupo sanguíneo coincide.

Su voz se quebró.

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