Intenté no llorar.
Pero un pensamiento seguía repitiéndose una y otra vez en mi cabeza.
Nunca sentiré a mi bebé moverse dentro de mí. Nunca llevaré a mi propio hijo en mi vientre.
Durante años, aprendí a fingir que aquellas palabras no me dolían.
Cada vez que mis amigas hablaban emocionadas sobre convertirse algún día en madres, yo sonreía.
Cuando mis familiares me preguntaban cuándo pensaba tener hijos, cambiaba de tema.
Y cada vez que veía a una mujer embarazada apoyando la mano sobre su vientre, sentía un pequeño dolor que nunca supe cómo explicar.
Con el tiempo, dejé por completo de imaginarme como madre.
A los 29 años, pensé que finalmente había aceptado la vida que los médicos me habían dicho que tendría.
Entonces sonó mi teléfono.
Era un número que no reconocía.