Mamá nos miró por el espejo y por fin lo entendió: nadie salvaba a nadie. Nadie cumplía ninguna obligación. Solo éramos dos personas que a los seis años habían descubierto algo que los adultos a veces tardan toda la vida en aprender.
Cuando alguien te importa, te quedas.
Y a veces, si tienes suerte, ellos también se quedan.