—Doctor —dije, sintiendo que el corazón me golpeaba el pecho—, creo que mi marido está esperando algo de mí. Algo relacionado con unos documentos que firmé.
El médico se quedó mirándome.
—¿Conserva una copia?
Negué con la cabeza.
—No. Él se los llevó.
El médico pidió que me sentara de nuevo.
—Margaret, no vuelva a firmar nada hasta que un abogado independiente lo revise. Y, si sospecha que alguien está poniendo sustancias en su bebida, no intente investigarlo sola.
Por primera vez desde que había entrado en aquel despacho, comprendí que necesitaba ayuda.
No solo para descubrir qué había en mi taza.
También para descubrir con quién me había casado.
PARTE 3: La llamada que no debía escuchar
Aquella tarde, una trabajadora social del hospital me ayudó a ponerme en contacto con una amiga de confianza, Helen, a quien no veía desde hacía meses.