No la aparté.
Sus dedos estaban cálidos.
Y algo dentro de mí, algo que yo creía muerto desde hacía mucho tiempo, despertó en silencio.
Esa noche subí con él a una habitación del hotel.
Sabía cómo sonaba.
Sabía lo que la gente diría.
Pero en ese momento no me sentí tonta.
Me sentí humana.
La habitación estaba en penumbra, con las luces de la ciudad colándose por las cortinas. Él me ayudó a quitarme el abrigo y me dijo que me veía hermosa.
Nadie me había dicho eso en años.
Mi corazón latía tan fuerte que apenas podía respirar.
Después de eso, no hablamos mucho.
Hay momentos en los que las palabras solo estorban.
Por una noche, me permití olvidar mi edad, mi soledad, mi casa vacía y todos los años que había pasado fingiendo que ya no necesitaba ternura.