A sus 78 años, Elena jamás imaginó que terminaría sentada en unas escaleras de piedra, abrazando sus rodillas, con todas sus pertenencias metidas en dos bolsas.
Durante más de cincuenta años había trabajado sin descanso. Limpió casas, cuidó niños ajenos y sacrificó sus propios sueños para que a sus hijos nunca les faltara nada.
Cuando su esposo falleció, decidió vender la pequeña casa familiar y entregar el dinero a su hijo mayor.
—Mamá, ven a vivir con nosotros. Nunca tendrás que preocuparte por nada —le prometió él.
Elena confió en sus palabras.
Al principio, todo parecía perfecto. Tenía una habitación, compartía las comidas con sus nietos y se sentía acompañada.
Pero poco a poco las cosas cambiaron.
Su nuera comenzó a quejarse de que ocupaba demasiado espacio. Su hijo dejó de conversar con ella. Incluso los nietos empezaron a evitarla.