Una mañana, mientras Elena desayunaba, su hijo apareció con dos bolsas.
—Mamá, hemos hablado y creemos que sería mejor que buscaras otro lugar donde vivir.
Elena lo miró confundida.
—Pero, hijo… ¿adónde voy a ir? Te entregué todo lo que tenía.
Él bajó la mirada.—Lo siento, mamá. Ya no podemos seguir así.
Aquellas palabras le dolieron más que cualquier enfermedad.
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Esa tarde, Elena se encontró sola en la calle.
Se sentó junto a unas escaleras antiguas, con sus bolsas a un lado. No lloró. Simplemente miró al vacío, intentando comprender cómo las mismas manos que había sostenido de niño podían haberla abandonado.
Pasaron varias horas.
La gente caminaba a su lado sin detenerse. Algunos la miraban con lástima. Otros ni siquiera reparaban en su presencia.
Hasta que una joven llamada Lucía se acercó.