Mi esposo me abrazó con tanta fuerza en el aeropuerto que varias personas se detuvieron a mirarnos.
—Tres años pasarán volando, mi amor —me susurró al oído—. Cuando vuelva, tendremos la vida que siempre soñamos.
Yo asentí y apoyé la cabeza sobre su pecho.
Una mujer que estaba sentada cerca nos sonrió con ternura.
—Qué difícil debe ser despedirse por tanto tiempo —comentó.
Mi esposo le respondió con una sonrisa triste.
—Es el sacrificio que tenemos que hacer por nuestro futuro.
La mujer me miró.
—Se nota que se aman muchísimo.
Le devolví la sonrisa.
Nadie en aquella terminal podía imaginar lo que estaba ocurriendo.
Nadie sabía que llevaba dos noches sin dormir.
Que había pasado las últimas cuarenta y ocho horas revisando documentos, hablando con una abogada y tomando una decisión que cambiaría mi vida.
Y mucho menos que, mientras mi esposo me prometía regresar dentro de tres años, yo sabía que no tenía ninguna intención de volver.