“Si no te gusta que te llamemos cerda, vete; esta casa ya es de mi hijo”, dijo mi suegra delante de todos. Después de 3 años de aguantar, saqué mi teléfono pero no llamé a nadie. Justo entonces golpearon la puerta. El hombre que entró dejó una carpeta sobre la mesa y preguntó por qué mi esposo había preparado el fraude cinco meses antes de nuestra boda.

PARTE 1

—Oye, cerdita, hoy sí te vamos a dejar sentarte con nosotros. Es nuestro aniversario y hasta las sirvientas merecen un premio de vez en cuando.

Las carcajadas de Rodrigo, su madre y su hermana llenaron el comedor.

Mariana apretó con fuerza la charola de milanesas recién fritas. Una gota de aceite caliente le había caído sobre la muñeca, pero ni siquiera hizo un gesto. Después de tres años viviendo así, había aprendido que cualquier queja podía convertirse en otra razón para humillarla.

—¿Te vas a quedar ahí parada como mensa? —gruñó Teresa, su suegra—. Sirve la comida antes de que se enfríe.

Mariana obedeció.

El departamento donde todos se reían de ella había pertenecido a sus padres.

Antes, aquel lugar en Guadalajara estaba lleno de música, café por las mañanas y discusiones tontas entre hermanos. Su madre, Elena, daba clases de piano. Su padre, Arturo, era ingeniero. Y su hermano mayor, Santiago, siempre había sido el primero en defenderla.

Todo terminó cuando sus padres murieron en un accidente carretero.

Santiago regresó para el funeral, ayudó con los trámites de la herencia y quiso quedarse más tiempo, pero trabajaba en seguridad privada y debía cumplir un contrato fuera del país.

—Si necesitas algo, me llamas. A cualquier hora —le prometió antes de marcharse.

Mariana creyó que podría soportar la soledad.

Entonces conoció a Rodrigo.

Al principio fue atento. La escuchaba hablar de sus padres, la acompañaba cuando tenía ataques de tristeza y jamás levantaba la voz. Cuando Santiago volvió meses después para conocerlo, bastaron treinta minutos para que desconfiara.

—Ese hombre te está mintiendo —le dijo a Mariana—. No sé en qué, pero algo no está bien.

Ella explotó.

—¡Tú te fuiste! ¡No tienes derecho a aparecer ahora para decirme cómo vivir!

Santiago se quedó pálido.

Se marchó esa misma noche.

Cuatro años después, Mariana seguía arrepintiéndose de aquellas palabras.

Porque su hermano había tenido razón.

Un mes después de la boda, Teresa prácticamente se instaló en el departamento. Después llegó Karla, la hermana de Rodrigo. Las críticas se volvieron insultos, y los insultos se convirtieron en una rutina.

Lo peor ocurrió cuando Rodrigo le pidió firmar unos documentos.

Dijo que necesitaba usar temporalmente el departamento como respaldo para conseguir financiamiento para un negocio. Mariana, hundida todavía en el duelo y confiando en su esposo, acudió con él a una notaría y firmó donde él le señaló.

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