Tampoco sabía cuánto tiempo llevaría resolver todo.
Pero al menos Julián ya no podría actuar suponiendo que yo desconocía sus planes.
Cuando aterrizó en Londres, me envió un mensaje.
«Ya llegué, mi amor. Todo salió perfecto. Te extraño».
Lo leí varias veces.
Después respondí:
«Me alegra que hayas llegado bien. Espero que Isabel también. Por cierto, el banco está revisando la transferencia de los ciento ochenta mil dólares. Mi abogada ya tiene los documentos».
El teléfono comenzó a sonar casi inmediatamente.
No atendí.
Volvió a llamar.
Una vez.
Dos veces.
Cinco veces.
Finalmente llegó un mensaje.
«Claudia, por favor. Déjame explicarte».
Le respondí:
«Tendrás oportunidad de hacerlo por medio de nuestros abogados».
Y apagué el teléfono.
La llamada de Isabel
Tres días después recibí una llamada de un número británico.
Pensé que sería Julián.