El hombre que llamó a mi puerta parecía capaz de derribarla con un hombro.
Detrás de él había otros cinco motociclistas, empapados, cubiertos de nieve y con chalecos de cuero.
La radio acababa de advertir que no abriéramos a desconocidos.
Entonces vi al más joven: tenía los labios pálidos y ya no conseguía dejar de temblar.
Abrí.
—Pasen. Pero primero se quitan las botas.
Me llamo Consuelo Aguirre. Tenía setenta y cuatro años y vivía sola en un pequeño rancho de la sierra de Chihuahua, cerca de Creel.
Mi esposo, Manuel, llevaba dos años enterrado bajo el encino que habíamos plantado juntos.
Desde entonces, mis conversaciones más largas eran con Margarita, mi vaca, y con las gallinas, que nunca habían aprendido a respetar mis horarios.
Aquella noche de febrero, la tormenta había borrado el camino.