Yo había puesto leña en la estufa, asegurado el gallinero y preparado una olla de caldo de cebada. Pensaba cenar temprano cuando escuché los golpes.
El hombre de la puerta se presentó después como Baltazar.
Todos le decían Oso.
—Señora, nuestras motos quedaron atoradas. No sabíamos que iba a ponerse así.
Miré al muchacho que se apoyaba en él.
—Ese se sienta junto a la estufa. Los demás busquen cobijas en el armario.
Obedecieron sin discutir.
El joven se llamaba Iván. Tenía veintitrés años, aunque a mí me pareció de diecisiete. Le puse una taza tibia entre las manos y acerqué una silla.
—Despacio, hijo. Ya estás adentro.
Oso me ayudó a servir el caldo.
Cuando se sentaron alrededor de la mesa, mi cocina pareció encogerse.
Había barbas, tatuajes y manos grandes sujetando cucharas que se veían diminutas entre sus dedos.